53 años del golpe

Ausencia de corrupción en la dictadura es “cuento chino”, dice investigador brasileño

Golpes de 1964 y 2016 “abren precedentes terribles para el ataque a la democracia”, dice Rubens Goyatá Campante

Brasil de Fato | Belo Horizonte (MG)

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Rubens Goyatá Campante es técnico judicial - Tribunal Regional de Trabajo de la 3ª Región / Asesoría de Comunicación de TRT3

Este 1º abril, el golpe militar en Brasil completa 53 años. Dado con la disculpa de que el objetivo era combatir la corrupción y poner el país en orden, el régimen entonces instaurado se alargó 21 años, dejando como herencia maldita un país extremamente desigual, un medio urbano violento, un sistema político completamente corrompido y un estado de imprevisibilidad difusa, que lleva a muchas personas a clamar una vez más por salvadores de la patria. Ese es el punto de vista adoptado por el cientista político Rubens Goyatá Campante, miembro del Centro de Estudios Republicanos Brasileños (Cerbras) de la Universidad Federal de Minas Gerais.

En entrevista con Brasil de Fato Minas Gerais, el investigador desmontó la idea de que en la dictadura no había corrupción: eso es “cuento chino”, resalta. Campante también comparó las semejanzas entre el golpe de 1964 y el de 2016: “Ambos fueron rupturas forzadas de las reglas del juego, lo que abre precedentes terribles para el ataque a la democracia”, puntuó.

Aquí la transcripción de la conversación:

Brasil de Fato: ¿Qué marcas dejó la dictadura militar en la sociedad brasileña?

Rubens Goyatá Campante: La principal marca fue la exacerbación de una tendencia ya existente en Brasil, de estrechamiento de la base social del poder, en sus dimensiones ideológica, económica y política. Eso causó un divorcio profundo entre el círculo de hierro de los dueños del poder y el resto del país.

En el plano ideológico, aumentó el individualismo y la fragmentación, con más consumismo, indiferencia hacia la pobreza y difusión de una ideología que culpa las personas por su fracaso material. Eso fue construido por un sistema mediático que está actuando hasta hoy en ese mismo sentido. Es verdad que la ideología de los militares era un nacionalismo patriotero, pero eso no tuvo pegue en la población. Otra marca fue el estímulo al escepticismo y a la indiferencia en relación a la política, aunque también haya habido una resistencia cultural muy grande de la izquierda.

En la economía, el Estado fue instrumentalizado por grupos poderosos. Brizola decía que en la dictadura, “quien agarró la vaca fueron los militares, pero quien la ordeñó fue el gran capital extranjero”. Entonces, se trata de un sistema concentrador de renta, pero, principalmente, un sistema de atracción y exclusión. Atrae hacia el consumo, pero es imposible que todo mundo logre consumir. Atrae a la gran ciudad, concentra demográficamente, pero excluye, manda a la periferia. Atrae al trabajo, pero buena parte de las personas solo accede a trabajo informal y precario. Además de eso, una economía viciada en el intercambio de favores con el Estado, por un lado, y en la explotación de trabajo barato por otro. En vez de aumentar la competitividad e la innovación, se fortalece explotando mano de obra de manera agresiva y degradando el medio ambiente. Esa fue otra herencia del golpe militar.

En el poder político, la ley y el Estado pasaron a funcionar para un grupo cada vez menor. Esos golpes de Estado generan un rompimiento en las reglas del juego, exagerando el orden político oligárquico en el cual la ley más duradera es la ley del más fuerte. Eso no produce orden, seguridad y previsibilidad. Quien no está en el círculo del poder pasa, por el contrario, a vivir en un clima de imprevisibilidad e inseguridad. Esto, a su vez, produce un círculo vicioso de comportamiento anómico. Cada persona comienza a confiar apenas en si misma y en su círculo de familiares y amigos. Todo mundo es “ladrón”, excepto el “mi propio grupo”. Entonces, paradoxalmente, gana fuerza la idea de que es preciso un salvador de la patria, un hombre o grupo que ponga orden en la casa con mano de hierro. Ya vi un señor decir: “Brasil precisa de un dictador bien intencionado, que agarre a todos esos ladrones”.

Por otro lado, los que ocupan el poder viven cierto pánico de ceder o conciliar y, a partir de ahí, acabar perdiendo todo. Eso explica la gran e inesperada duración de la dictadura de 1964. Muchos políticos, como Juscelino Kubitschek, Carlos Lacerda y João Goulart pensaron que aquella intervención sería algo breve, pero demoró 21 años. Es claro que una de las razones para que durase tanto fue el gran apoyo del empresariado, pero otra razón importante fue ese miedo del pueblo.

A pesar de esa herencia maldita, algunas personas cultivan una nostalgia excesiva con relación a la dictadura y dicen que no existía corrupción y violencia urbana en esa época. ¿Cómo analiza usted ese discurso?

Les falta consciencia histórica y yo creo que los medios no ayudan mucho. En las décadas de 1960 y 1970, Brasil dejaba de ser rural para ser una sociedad mayoritariamente urbana. El medio rural brasileño siempre fue muy violento. Ahora, la criminalidad urbana es mayor, pero un factor importante es que nuestro sistema de seguridad es caótico, ineficiente y violento. Éste deja el pueblo exasperado y, contradictoriamente, pidiendo más golpes del Estado. Ahora, ese sistema fue gestado en la dictadura, los escuadrones de la muerte también. Otra herencia de la dictadura es la diseminación del uso de armas.

La corrupción fue uno de los lemas para el golpe de 1964: “Vamos a acabar con la corrupción”, decían los militares, que veían el problema por un prisma subjetivo y voluntarista, como si la corrupción fuese apenas “un tipo que roba dinero público”. Es claro que siempre hay una elección individual del corrupto, pero la corrupción es un problema estructural. Cuando el régimen del 64 comenzó, el general Castelo Branco [el primero dictador de ese período] percibió que la cuestión no era así tan simple.

A partir del gobierno Costa y Silva [que inició en 1967], creció la participación de los militares designados en agencias y empresas públicas. Ellos entraron en la relación espuria entre el capital y la política, que es, en sí misma, una gran corrupción. Comenzaron, entonces, a aparecer escándalos. A partir de la segunda mitad de los años 70, los medios pasaron a hablar de esos casos. Algunos pocos ejemplos: los escándalos del Puente Rio Niterói y de la carretera Transamazónica y las falencias fraudulentas, con crisis generalizada, en Coroa Brastel y en Capeme, un fondo de pensiones privado. El Banco Halles y el Banco Económico también fracasaron de forma fraudulenta y los militares inyectaron dinero público en ellos. Hubo el caso del soborno en un tratado de cooperación nuclear entre Brasil y Alemania, denunciado por la revista alemana Der Spiegel, y los innúmeros “privilegios”, como en la residencia oficial del ministro de Trabajo, Arnaldo Prieto, con los famosos 500 quilos de salchicha.

Todo esto hace que, a inicio de los años 1980, el régimen militar fuese completamente desmoralizado y pasase a ser visto como corrupto por buena parte de la clase media. Entonces, ese discurso de que no había corrupción en la dictadura es un cuento chino. Y es preciso recordar que los países menos corruptos del mundo son democracias sustantivas, donde los ciudadanos son respetados. Donde hay una enorme asimetría de poder, no se respeta a los ciudadanos, que viven en la ignorancia y la superficialidad. La causa estructural de la corrupción es la disparidad de poder.

¿Qué comparaciones podemos trazar entre los golpes de 1964 y 2016?

Ambos fueron rupturas forzadas de las reglas del juego, lo que abre precedentes terribles para el ataque a la democracia. Y es verdad que ambos golpes son movimientos literalmente reaccionarios, cuyo espíritu es una respuesta a la expansión de la base social del poder, que ocurría pre 1964 y pre 2016. Por otro lado, hay muchas diferencias entre los dos eventos.

El golpe de 1964 fue armado e inmediatamente generó una gran represión. Enseguida después de la toma del poder político, cerca de 50 mil personas fueron molestadas, presas, llamadas a declarar, despedidas, terminados sus mandatos. El trauma y la violencia fueron más incisivos, lo que no quita gravedad, evidentemente, a lo que está aconteciendo ahora.

Yo pienso que, en el 64, muchos militares eran más estúpidos que corruptos, pero lo importante es que la población demoró mucho tiempo en percibir que la corrupción que existía. Ahora, con Michel Temer, hasta quien apoyó el golpe conoce la inmensa corrupción del gobierno.

También es preciso notar que, en 1964, el gobierno militar tenía mucha inestabilidad, muchas tensiones internas entre las tres ramas y entre el grupo de la línea dura y el grupo castelista [referencia a Castelo Branco]. Pero, no era un gobierno amedrentado, arrinconado, como este de Temer. Frente a sus enemigos, la dictadura fue firme e incisiva. Temer está completamente desmoralizado y los cuadros del gobierno, convengamos, son un símbolo de esa mediocridad. Vea el ejemplo del ministro de Educación, que recibió a Alexandre Frota [actor de película porno y uno de los referentes de las protestas de la derecha] para discutir política. El gobierno Costa y Silva, por ejemplo, tenía cuadros respetables, aunque discordemos profundamente con ellos. Estaban [el economista, diplomático y ex-ministro] Roberto Campos, [el economista] Hélio Beltrão, [general y uno de los principales teóricos de la doctrina de seguridad nacional] Golbery do Couto y Silva.

Tanto antes como ahora, el país está muy polarizado ideológicamente. El golpe de 1964 tuvo apoyo social expresivo no solo en la clase media, en la iglesia, sino también en el medio popular. De otro lado, también había una gran resistencia popular de izquierda. Hoy, el país está dividido, pero un elemento de la polarización que no existía en el 64 es la cuestión cultural y comportamental, que abarca los debates sobre raza y género, como los reaccionarios tratan de responder a los avances que esos sectores conquistaron en los últimos años.

En 1964, la crisis económica tenía que ver principalmente con la alta inflación, que pesaba en el bolsillo de todo el mundo, sin que hubiesen mecanismos de compensación. En 1963 y 1964, teníamos una desaceleración del crecimiento, en comparación con el período JK [del ex-presidente Juscelino Kubitschek]. La crisis económica de ahora es mucho más grave, con retracción del PIB. El encaminamiento de la crisis en lo inmediato pos 64 fue un poco semejante al de hoy en algunos aspectos. El ministro Roberto Campos recortó gastos sociales, restringió el crédito y promovió la reducción salarial. De 1964 a 1967, la política externa brasileña mantenía una unión carnal con los Estados Unidos, pero, después, los militares promovieron una política más independiente, que se preciaba por la construcción de infraestructura para el capitalismo brasileño. Ahora, lo que se tiene en el gobierno Temer es un neoliberalismo "chiita", que vino para desmontar cualquier pilar de la soberanía nacional.

¿Otra diferencia sería el papel del Poder Judicial?

Ese es un punto central. En el golpe de 2016, el Poder Judicial fue fundamental. La semejanza es que tanto los militares de 1964 cuanto el Poder Judicial de ahora ven a la sociedad como algo carente de tutela y piensan que van resolver todo el relajo encarnando la idea del salvador de la patria.

En 1964, había entre los militares un grupo abiertamente reaccionario, pero buena parte fue legalista y algunos, inclusive, principalmente de la base, próximos a la izquierda. Dicen que más de la mitad de los sargentos eran de izquierda, brizolistas [en referencia al líder del Partido Democrático Laboral Leonel Brizola] o ligados al Partido Comunista. Cuando los militares llegaron al gobierno, cortaron inmediatamente de raíz. El primer movimiento represivo del régimen, antes incluso de 1968, fue perseguir duramente militares y sindicalistas. Hace parte de la jerarquía, disciplina y modus operandi de este sector que porta las armas. Hoy, el Poder Judicial también es heterogéneo, aunque mayoritariamente conservador. Hay grupos progresistas, pero es más difícil cortar de raíz esos disidentes, en virtud del modus operandi del Derecho. Es claro que esas personas no son totalmente inmunes.

Es una característica dominante en el Derecho y en la burocracia brasileña crear un tinglado de complexidades, exigencias formales y ambigüedades difíciles de seguir, que colocan a la mayoría de las personas en un difícil limbo de normas. Por ejemplo, la legislación tributaria es caótica, inflada, difícil de entender. Años atrás, un abogado tributario dijo que sería necesario un libro del tamaño de una persona para juntar todas las normas tributarias. Eso abre ventanas para que los poderosos abusen del Derecho. Y el Derecho puede ser dos cosas: un instrumento de previsibilidad y ordenamiento de la vida social y una herramienta de poder. En Brasil, él es más esto último que lo primero. Es, como dice el refrán popular: “A los amigos, todo. A los enemigos, la ley”.

Ahora, el protagonismo del Poder Judicial es un problema que tiene que ver con el control recíproco entre poderes. Antes, el Poder Judicial estaba preso de un patrón reactivo y de micro-litigios. Entonces, él era más o menos neutralizado políticamente, no precisaba de contrapuntos. En este tiempo, fue ganando protagonismo político hasta no tener nada que se contraponga a él institucionalmente. Los jueces pasan, entonces, a considerarse salvadores de la patria. En el Ministerio Público, que también entra en esa dinámica, cada fiscal hace lo que quiere y no hay mecanismos para ponerles freno. En el caso del golpe de 2016, más que [el juez] Sérgio Moro, los verdaderos protagonistas de derribar el gobierno fueron los tribunales y el Supremo Tribunal Federal (STF). Moro operó al por menor, pero quien avaló las arbitrariedades que él hizo, al por mayor, fue el tribunal regional allá en Porto Alegre y el STF.

Edición: Vanessa Martina Silva | Traducción: Pilar Troya